El otro día llegó una gatita nueva. Se llama Mimi y es muy simpática. Es viejita y estuvo mucho tiempo enferma. Al llegar a casa se asustó un poco, pero luego de dormir se relajó y la fuimos a saludar. Emilio le llevó unos papelitos arrugados y Mimi le agradeció mucho. Entonces Mimi nos contó que había vivido muchos años con unos humanos y que un día tuvo un gatito. Era amarillo y tenía los ojitos malos, hinchados como pelotas y no veía nada. Ella le lavaba los ojos para que se le sanaran pero seguían empeorando, aunque al gatito no le importaba y jugaba todo el día porque era travieso. Ella lo quería mucho y apenas se separaba de él, porque sabía que la necesitaba. Pero un día sus humanos le quitaron al gatito y se lo llevaron. Mimi lloró mucho y salió a buscarlo. Día y noche anduvo tras su pista pero nunca lo encontró. Por eso se puso triste y cuando quiso regresar a su casa, había olvidado cómo. Y así fue que Mimi vivió muchos años en la calle hasta que mi humana la encontró. 
Después que Mimi nos contara su historia le dije a Emilio que fuéramos a comer pero Emiio no quiso. Yo comí mucho pellet y cuando fue hora de dormir me extrañé porque Emilio no estaba en mi escondite secreto. Supuse que andaría jugando y me dormí. 
Por la mañana me extrañé porque no escuché a Emilio. Lo que pasa es que Emilio despierta tempranito para puro molestar y lo primero que uno escucha son sus risas. El enano estaba con Mimi, escuchando sus historias con mucha atención. "Hola, enano", le dije, "¿quieres jugar?". "Déjame, Emi, que estoy escuchando historias bonitas, no como las tuyas que son feas". No me enojé porque Emilio siempre dice cosas locas, aunque igual me pareció raro. 
Después de ese día Emilio no volvió a dormir en mi escondite secreto. Ahora era súper amigo de Mimi y siempre le llevaba pellet para que no tuviera que moverse. Y cuando ella tenía que ir a algún sitio la seguía como patito preguntándole si se sentía bien. La admiraba mucho y decía que cuando grande quería ser como ella. 
Pero una noche Mimi enfermó. Emilio le llevó comida y la cubrió con mantitas y cuando mi humana la llevó al vetedinario corrió hacia la puerta para acompañarla. "Enanito", le dije, "Mimi está enfermita porque pasó mucho tiempo en la calle pero se pondrá bien, te lo prometo". Emilio no me respondió y aunque le dije que durmiera un poquito, se quedó toda la noche esperando a su amiga en la puerta.
Cuando Mimi regresó Emilio se puso a saltar y la acompañó durante el resto del día y como Mimi estaba un poco cansada para contarle historias, Emilio le contó las suyas. Puras historias locas sobre juegos y travesuras. 
Emilio estaba tan feliz por la recuperación de Mimi que todo el día hizo cosas locas como recoger papelitos y pedazos de juguetes. Yo le pregunté para qué juntaba todas esas cosas y entonces me dijo: "Es una sorpresa para Mimi, ya llegó la hora que le cuente quién soy". 
Me quedé preocupada por aquella nueva ocurrencia de Emilio y me fui al balcón a jugar con las hojitas, esperando que todo terminara bien. Y entonces, a la noche, escuché a Emilio llorar. Se había acurrucado debajo de las hojitas pensando que no me daría cuenta que estaba ahí. "Enanito", le dije, "¿por qué lloras?". Emilio se había hecho una pelotita y como no quería hablar lo lavé para consolarlo y entonces me dijo: "Le dije a Mimi que yo era su hijito con ojos como pelota, porque cuando yo estaba chico tenía los ojos como pelota. Entonces ella me dijo que su hijito lo había tenido hace muuuchos y que ya debía de ser grande y yo soy chico. Emilia, Mimi no es mi mamá". Emilio tenía el corazón roto porque había estado seguro que Mimi era su mamá y por eso lloraba sin consuelo. "Enanito", le dije, "no importa que Mimi no sea tu mamá porque te quiere mucho y te trata como a un hijo". "Pero yo creía qué era mi mamá de verdad", me respondió Emilio, "¿Cómo estará mi mamá de verdad?". Le hice cariño con la nariz y le cubrí la cara con las patas para hablarle al oido: "Enanito yo sé que tu mamá gato está bien igual que la mía y sé que algún día nos encontraremos. Pero si eso no pasa, siempre nos tendremos los unos a los otros". El enanito levantó la nariz y sentí como se le agachaban sus orejas. Le hice cosquillas y, mientras las hojitas caían a nuestro alrededor, sentí cómo sus lágrimas se secaban. "Enanito", dije, "deberías estar con Mimi. Recuerda que acaba de llegar del vetedinario y seguro te echa de menos". El enanito abrió la boca y puso las patitas en el suelo para regresar con Mimi. "Sí", me dijo, "tengo que cuidarla porque soy su enfermero". Y entonces, el enanito corrió con su nueva amiga y volvió a ser feliz. Feliz y amoroso como ha sido siempre.