Ayer mi humana trajo a un erizo. Al pobre lo habían abandonado en una clínica veterinaria luego de que se había caído y como nadie lo quería mi humana lo adoptó. 
Cuando llegó a casa corrí a saludarlo. Yo nunca había estado con un erizo, solo sabía que son animales redondos y pinchudos. "Hola, erizo", dije y le di un saludo de pata. Entonces el erizo me pinchó. "Ayayayay", dije, "yo solo quería saludar". 
Me fui a mi escondite secreto a lavarme la pata. No podía entender por qué el erizo me había pinchado si yo no le había hecho nada. No tenía ninguna razón para hacerlo, pero lo cierto es ese día pinchó a todos mis hermanos y todos se fueron a llorar a mi escondite. "Que pesado es ese erizo", dijeron.
Durmieron en mi escondite secreto porque les daba miedo que el erizo los pinchara. Carrito, Emilio, Bambina, que había venido de visita, y todos los demás. Dormimos muy apretujados y cuando desperté me di cuenta que no tenía mi capa de súper Emilia. La busqué debajo de mis hermanos pero no estaba. Había desaparecido y también había desaparecido el zapato de Bambina el carrito de Carrito, la pelota de Emilio y todos nuestros juguetes favoritos. 
"Fue ese erizo pesado", dijo Bambina, "no se conforma con pincharnos, sino que también nos roba las cosas". "Es verdad", dijo Emilio, mientras lloraba por su pelota.
Mis hermanos salieron a pedirle explicaciones al erizo. Yo los iba a detener pues no podían acusarlo sin estar seguros. Pero en eso apareció el pancito con mantequilla que me dijo: "Emi, estoy buscando un cono de confort". Le pregunté para qué y me dijo que era muy necesario y que también necesitaba un disfraz de mono y un gomero. Como yo no entendía de qué me estaba hablando se enojó y se fue. 
Escuché como mis amigos retaban al pobre erizo y fui con ellos. "¿Cómo saben que el erizo les robó los juguetes?", pregunté. "Porque es pinchudo", dijo Borja. "Y porque es nuevo", dijo Bambina. Les dije a mis hermanos que no debían ser malos con los amigos nuevos y que debían disculparse. "No nos disculpamos con los rateros", dijo Emilio. 
Mas tarde me fui al balcón y sentí que las mallas rompían. Era el erizo quien las estaba cortando con sus pinchos. "¿Dónde vas?", le pregunté. "Me voy porque aquí nadie me quiere. En la otra casa me trataban como a una pelota y por eso me rompí. Pero aquí me dicen ratero que es peor. Yo no soy ratero". El erizo metió su cuerpo de bolita por la malla y yo lo agarré para que no se cayera. "Déjame", me decía el erizo, "déjame". Yo lo sujetaba con todas mis fuerzas porque sabía que si se caía se iba a volver a romper pero me costaba mucho porque me pinchaba y me dolía. Estaba a puto de soltarlo cuando aparecieron mis hermanos. 
-Emi, Emi, Emi, descubrimos al ratero. Es el pan con mantequilla. 
-Lo siento- dijo el pancito con mantequilla-, es que en la tele dijeron que se iba a acabar el mundo y que había que guardar muchas cosas. Por eso tengo conos de confort y zapatos y capitas de polar. 
-¿Vieron que no era el pobre erizo?-dije- Ahora, discúlpense con él. 
-Disculpa, erizo- dijeron mis hermanos. 
Me acerqué con mucho cuidado y le toqué la carita. Era una carita como de ratón y no pinchaba para nada. Era una carita tierna con bigotes como los nuestros y con una nariz de bolita muy simpática. "Yo no soy malo", me dijo el erizo, "yo no los pincho a propósito, lo que pasa es que no puedo evitar ser pinchudo"
Además de pinchudo es chico, tal como nosotros y luego de jugar con él nos dimos cuenta que es muy simpático. Emilio es el que más ha jugado con él y aunque a cada rato se pincha trata de no llorar porque se siente culpable de haberle dicho ratero. Bueno, todos mis hermanos están arrepentidos de haberle dicho ratero, y es que han aprendido que no se debe juzgar a los demás por las apariencias.