Yo estaba en mi escondite secreto cuando de repente golpearon la puerta. Mi humana fue a abrir y yo, como siempre, fui a investigar. El que había golpeado era un niñito que le pidió una moneda a mi humana para comer. Mi humana lo hizo pasar mientras iba a la cocina y entonces Emilio se puso contento porque le encantan los niños. Corrió a jugar con sus cordones pero el niño no le hizo ni caso. "¿Qué te pasa?", le dijo Emilio, "¿no quieres jugar?". En eso, apareció mi humana con un gran sandwich para el niñito y una mochila con ropa. El niño se comió el sandwich rápidamente y se fue sin despedirse, mientras Emilio escuchaban como se alejaba, con su cabecita ladeada. 
Emilio estaba muy extrañado porque nunca había conocido un niño que no quisiera jugar. Se la pasó un buen rato dando vueltas por la casa, pensando en eso y luego se fue al balcón. "Emi, Emi", me llamó, "el niñito está abajo, en la plaza". Efectivamente el niñito estaba en la plaza y Emilio movía sus orejitas como antenas para adivinar lo que estaba haciendo. El niño estaba quieto como un abuelito y no hacía ningún ruido. "¿Qué le pasa a ese niño?", preguntó Emilio. Entonces sacó sus patitas por entre las rejas por si lo alcanzaba y luego se dio vueltas sobre las hojitas para llamar su atención. Hizo muchas cosas chistosas para que el niño riera pero el niño no se rió en ningún momento. "A lo mejor no me ve", dijo Emilio. Así que le arrojó una pelotita. El niño levantó la cabeza, agarró la pelotita, la dejó caer al suelo y se fue. 
Yo sabía que Emilio estaba triste por el niñito, así que por la noche fui a conversar con él. "Enanito", le dije, "a aveces hasta los niños tienen problemas, por eso no juegan". "Pero eso no es bueno, Emi, los niños deben jugar y reír". 
Durante una semana entera, Emilio se la pasó gran parte del día en el balcón por si el niño regresaba. Y cuando no estaba en el balcón, reunía pedacitos de lana y los metía bajo el sillón. Yo no sabía por qué hacía eso y Emilio no me lo quiso contar.
Un día estaba en la cocina tomando agua, cuando Emilio me dijo: "Emi, el niño regresó". Corrí al balcón y Emilio me dijo que le hiciera gracias mientras él iba por su cordelito. "¿Qué cordelito?", le pregunté. Emilio no me respondió, se metió bajo el sillón y regresó con una larga cuerda que había armado con todos los pedacitos de lana que había encontrado. En la punta de la cuerda, Emilio había atado un avioncito que encontró por ahí. "Niño", gritó Emilio, "toma". Y entonces le arrojó la cuerda.
Pero en esta ocasión el niño estaba más triste y serio que nunca y no se fijó en el avión por mucho que Emilio lo sacudiera. "Mira, niño", decía Emilio, "mira". Emilio sacudió mucho la cuerda, con tan mala suerte que la cuerda se cortó. "Nooo", gritó el enanito, y se puso a llorar, porque el niño se había ido sin alcanzar a ver el avión. 
"No quiero hablar", dijo Emilio, haciéndose una pelotita. Se había echado en mitad del living y tenía la cara cubierta con las patitas. Yo sabía que cuando el enanito se ponía así, no había nada que hacer y lo dejé solo. El enano tenía que entender que no siempre podemos arreglar las cosas.
De repente golpearon la puerta y mi humana abrió. Era el niñito. Estaba quieto y silencioso y tenía el avioncito de Emilio entre sus manos. "Emilio", dije, "creo que te buscan". Emilio se acercó tímidamente a la puerta y entonces el niño, que era muy pequeño y flaquito, se puso de rodillas y le acarició la cabeza, mientras Emilio le ronroneaba, extrañado. "Gracias, gatito", dijo el niño. Y entonces se fue con su primer juguete y Emilio se puso contento porque lo había ayudado a ser feliz aunque fuera solo por un ratito.