Hace días llegó un nuevo gato llamado Borja. Venía en una canastita y sacaba sus patas por las rendijas. Era muy pequeño y apenas entró a la casa supe que no tenía ojos igual que yo. Bien, me dije, ahora tendré que enseñarle lo que sé para que sea un gato feliz. Metí una pata por las rendijas del canastito. "Hola", le dije, "mi nombre es Emilia". 
Mi humana levantó la tapa del canasto y entonces Borja saltó por sobre mi cabeza. "Hey", maullé, "¿a dónde vas?". Pero Borja no me escuchó y corrió como loco por el living hasta chocar con el sillón. "Borja", dije, asustada, "¿te hiciste daño?". Corrí a ayudarlo y lo encontré dando vueltas en el suelo, muerto de la risa. "Me pegué", me dijo. "Claro", le dije yo, "eso pasa porque no ves, pero yo te enseñaré a contar los pasos y a..". "No quiero", dijo Borja. Y arrancó a toda velocidad. Yo me quedé desconcertada y no supe qué decir. 
En eso apareció Emilio. Hacía rodar algo entre sus patas y estaba muy contento. "Emi Emi Emi", me dijo, "tengo una nueva pelotita. La encontré en el canasto de huevos". Moví los bigotes y le dije a Emilio: "Si, Emilio, es muy linda, después hablamos". 
Corrí a la pieza de mi humana y ahí encontré a Borja. Estaba en la caja de los pancitos y jugaba a darles pataditas en la guata. Los pancitos gritaban porque Borja es muy brusco, pero luego reían y decía quiero más, quiero más. "Borja", maullé yo, "cuidado con los pancitos". De un salto me metí a la caja y saqué a Borja de las orejas. "Borja", le dije, "los pancitos son pequeños y no se puede jugar brusco con.....". Otra vez me dejó hablando sola. Había arrancado hacia la cocina, chocando y riendo. Era el gato más loco que había conocido. 
Mientras caminaba, me encontré con Emilio. Olía raro y tenía todo el pelo apelmazado. "Emi Emi Emi", me dijo, "parece que la pelota era un huevo. Me di cuenta porque se rompió y ahora tengo olor a huevo". "Bueno, Emilio", le dije yo. Y me apresuré a llegar la cocina. De alguna manera Borja se las había arreglado para subir al refrigerador y ahora tanteaba el vacío con sus patitas, listo para saltar. "Borja", maullé, "muy asustada, no temas, yo te salvaré". Trepé al refrigerador, con mucho esfuerzo, y cuando estaba a punto de llegar a la cima, Borja saltó a la manilla y luego se deslizó suavemente hasta el suelo, diciendo yupiiiii. 
En el suelo me esperaba Emilio. "Emi Emi", me dijo, "resulta que me encontré una nueva pelota. Estaba colgada del techo y según Carrito brilla mucho. Dice que se llama ampolleta pero yo creo que se llama pelota". "Sí, Emilio", le dije yo, y fui con Borjja para que no hiciera más leseras. 
Durante el resto del día, le mordió la cola a Zapata, botó los floreros, en fin, hizo todo lo que no debía y lo peor es que no me prestó atención en ningún momento. Por la noche, por fin se durmió abrazado a los pancitos, amasando y ronroneando como un angelito. Mañana será otro día, me dije, tal vez mañana me haga caso. 
Me fui al balcón porque necesitaba un momento de paz antes de dormir y me encontré con Emilio, acurrucado en un rinconcito, muerto de frío. "Emilio", dije, "¿qué estás haciendo aquí?". "Voy a vivir aquí", me dijo. Era raro que dijera eso porque es friolento y miedoso. Me senté junto a él y le puse una pata en la cabeza. "Emilio, cuéntame qué te pasa". Emilio se dio la vuelta y me dijo: "No quiero, déjame, ándate con tu Borjita, ay, Borjita, Borjita". Emilio se cubrió la cara con sus patitas y se puso a llorar muy despacio. Yo me acurruqué y junté mi cara con la suya. "Emilio", le dije, "yo te quiero mucho, porque eres mi mejor hermano, pero debes saber que el pequeño Borja nos necesita. Él es como nosotros, no puede ver y por eso debe aprender nuestros trucos. Hoy traté de enseñarle, pero no me hizo caso, ¿y sabes por qué? Porque solo tú puedes enseñarle, pues eres un gatito grande y muy inteligente". Emilio asomó la cara por entre medio de las patas y me dijo: "¿O sea que seré su maestro como en La Guerra de las galaxias?". "Sí, Emilio, más o menos". Emilio entonces se puso de pie y corrió hacia la casa. "¿A dónde vas, enanito?", le pregunté. "¿Cómo que a dónde? Debo despertar a Borja para que comience su entrenamiento". 
Pobre Emilio, no sabe en lo que se mete.