A mi humana le encanta ver documentales de animales y yo siempre me acuesto en sus piernas a escucharlos. Me gusta oir la voz de los animales, a veces hacen cocorocó y a vece muuu y otras veces grrrrrr. Es muy entretenido. Bueno, el otro día mi humana veía un documental sobre delfines y yo lo escuchaba atentamente sentada en sus piernas, junto al enano Emilio. Me encantó conocer la vida de los delfines, como me encanta la vida de todos los animales. Lo curioso es que al enano también. Él es muy travieso y nunca presta atención a nada, pero en esta ocasión no despegó las orejas del televisor. 
Cuando acabó el documental, me dormí y por la mañana, muy temprano me despertó el enano. “Emi, Emi, Emi”, me dijo, “¿sabías que los delfines tienen un agujerito en la espalda y con ese agujerito respiran. Soy un delfín, ciuciuciu”. El enano no me dio tiempo de responder porque salió corriendo, mientras decía ciuciuciu. Que enano más loco, pensé yo, y me fui a comer. 
Por la tarde, el enano seguía con sus cosas de delfín. Había reunido a todos los pancitos para contarles sobre la vida de los delfines. Les contó que son mamíferos igual que nosotros pero que viven bajo el agua y que son muy inteligentes, y todo esto lo hizo aleteando en el suelo. Al rato, todos los pancitos estaba aleteando como delfines y era muy chistoso escuchar como se movían y los ruidos locos que hacían.
Yo estaba encantada de que el enano aprendiera cosas nuevas y en ningún momento pensé que aquello terminaría mal como suele pasar con sus cosas. Así que me puse a ordenar mis juguetes. De pronto apareció Emilio. “Emi, Emi, Emi”, me dijo, “préstame tu capa de súper Emilia”. Yo le dije que no porque cada vez que se la había prestado, le había hecho agujeritos y una vez hasta quiso comérsela. “No me importa tu capa de mono, me la voy a comer”, me dijo el enano y salió corriendo junto a sus pancitos, que lo seguían aleteando y diciendo cuicuicui. 
Cuando llegó la noche me dio mucho sueño pero por alguna razón no me podía dormir. Estaba inquieta. ¿Qué estará haciendo el enano?, me preguntaba, aunque la casa estaba muy tranquila y en silencio. Estaba haciendo manitas en mi cama de polar cuando apareció un pancito. 
–Hola Emi– me dijo–, el Emilio es un delfín. 
–Claro que sí –le dije yo–, por eso hace cuicucui. 
–No, no, es un delfín de verdad. Se envolvió en una mantita, se puso una aleta y ahora esta en la tina. 
Se me subió una bola de pelos por la garganta y muerta de miedo corrí al baño. “Enano”, maullé, “cómo se te ocurre”. El enano estaba en el borde de la tina con su disfraz de delfín, listo para arrojarse un piquero. Yo salté para evitar que se tirara, pero con tan mala suerte que pasé de largo y me caí a la tina. Me puse a aletear y el enano me tiró su aleta.
–Con esto puedes nadar Emi. 
–Ayuda, enano, ayuda.
–Ya, pero tienes que decir cui cui.
Antes que el enano se arrojara a la tina para salvarme apareció mi humana y dijo “Emilia”, con voz de susto y me sacó justo antes de que me convirtiera en un gato delfín. Después me reto y me secó con el secador y por eso a hora estoy esponjosa. 
Hace rato que el enano quiere entrar a mi escondite secreto para pedirme disculpas pero yo no lo dejo entrar, ni a él ni a ninguno de los pancitos delfín. Seguro que por culpa de su nueva locura se me meten los micobrios y me resfrío. Ese es el problema de tener hermanos locos y chicos que se creen delfín.

Saludos de aleta.