Me desperté muy temprano. Todavía no cantaban los pajaritos pero tenía ganas de jugar. Corrí a despertar a Emilio, pero no quería jugar conmigo. "Emi", me dijo, "me siento un poquito mal". Tenía la voz rara, medio gangosa y seguro que andaba con los microbios. Lo tapé con una mantita y le dije que se cuidara. 
Fui a despertar a Borja. Estaba acostado como siempre, encima del sillón, roncando. "Borja", le susurré, "despierta". Borja iba a decir algo pero estornudó súper fuerte y me llenó de mocos. "Disculpa Emi", me dijo, "es que estoy medio enfermito". Lo tapé con una mantita y fui a despertar a mis otros hermanos. Todos  estaba  tiritando de frío, así brrrrrrr y también estaban con microbios. Los tapé con un polar y regresé a mi escondite secreto. Pucha mis hermanos son como pollitos, me dije, tengo que cuidarlos. Como toda la pandilla estaba con microbios y con la nariz llena de mocos, los llevé a mi escondite secreto y les dije: 
—Ya, ahora me van a hacer caso, no se muevan hasta que estén sanos. 
—Ya, pero yo tengo hambrita —me dijo Emilio. 
—Bueno, entonces yo te traigo comida.
Fui a la cocina y arrastré un plato con pellet hasta mi escondite secreto. Emilio lo olfateó y me dijo: 
—Gracias, hermanita, pero prefiero comida de cachorro porque yo soy chico y tengo la nariz con mocos achuuuu. 
Me estornudó encima y me dejó toda pegoteada. 
Fui por varios platos con comida de cachorro. Mis hermanos dijeron: hay que rico, pero luego me dijeron que no tenían fuerzas para comer y que yo tendría que darles en la boca. Como Súper Emilia, mi deber es proteger a mis hermanos, así que no me quedó más remedio que darles comida con la pata. Ayayayay, decían mis hermanos, ayayay. 
Después de darles comida como si fueran cachorros, me dormí. Estaba soñando con gatos resfriados cuando me despertó Emilio. 
—Emiii, Emiiiiii, Emiiiiii, —maullaba con voz de resfriado— quiero comer.
—¿En serio? Pero si comiste recién. 
—Sí, pero es que si no como me voy a enfermar de la guata. Ayayayaya.
—Bueno, ya te traigo comida. 
—Gracias, hermanita. Oye, quiero comida húmeda y agua y fresquita. 
—Bueeeeeno. 
Salí de mi escondite muerta de frío y regresé con lo que Emilio me había pedido. Emilio se comió toda la lata y como hacía tanto ruido el resto de la pandilla despertó y se pusieron a llorar porque tenían hambre. 
—Bueno bueno bueno bueno, les traigo comida, pero cállense. 
Mientras buscaba latas de comida húmeda, sin querer, metí las patas en un plato con agua. Estaba súper fría, con cubitos de hielo y me puse a tiritar. 
Les llevé lo que querían y agradecieron. Se escuchaban un poquito mejor y me alegré. Luego me pidieron más cosas: mantitas, un calcetín y una pelota de calcetín. Yo no entendía para qué querían una pelota de calcetín pero igual les llevé una. 
—¿Puedo dormir ahora? —les pregunté mientras jugaban con la pelota— Es que tengo un poquito de frío. 
—Sí, Emi, duérmete —me dijo el enano—, pero atenta, porque después podemos necesitar más cosas, como pollo o pancito. 
Recién me dormí cuando comenzaron a cantar los pajaritos. Estaba súper cansada y soñé con puros microbios y con calcetines. De repente, sentí las patotas de Emilio en mi cabeza
—Emi, Emi, Emi, levántate. Tienes que ordenar lo que desordenaste anoche cuando eras enfermera. 
—Pero es que .... achuuuuuu. 
—Guácala, mocos, que asco. 
—Perdón, es que parece que me resfrié. 
—Ay que pena, hermana— dijo Emilio—. Yo te cuidaré. Pero en lugar de cuidarme me arrojó un pañito en la cabeza y se fue corriendo a jugar con sus hermanos
—Cuídate, Emilia, no te resfríes mucho. Te quiero. 
Todos mis hermanos se habían recuperado; ahora la resfriada era yo. Siempre que quiero ayudar me pasa lo mismo. Achuuuuuuu. Saludos de pata con microbios.